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LA MÚSICA DE MEL GIBSON

09/12/2016 | Por: Conrado Xalabarder

Son pocas las veces que atribuyo las excelencias musicales de una película al director, por encima del compositor. Es algo que puede ser injusto, no tanto porque sea el director quien toma las decisiones y el compositor quien las sigue, porque eso en absoluto garantiza buenos resultados, sino por esos casos en que el compositor funciona como la voz en off del director, y este en cierta manera es un compositor que, al no saber escribir música, la transmite. No las notas musicales, pero sí las intenciones.

Sobre el complejo asunto de a quién atribuir los méritos (y deméritos) ya me expliqué en el artículo del Ágora ¿A quién culpar?, donde refería que el compositor no es un menor de edad, y en el momento que firma su obra asume lo positivo pero también lo negativo que se diga sobre ella. También hay que señalar a geniales directores que han hecho gala de dejadez en menesteres musicales, como Alfred Hitchcock por ejemplo, pero incluso con ese desinterés merece alabanzas por sus extraordinarios logros en buen número de sus películas. Hace poco deliberé en el editorial El cineasta total sobre la importancia que tiene que el compositor asuma también el rol de cineasta, y sería justo dedicar un editorial titulado algo así como El compositor total y que se refiera al rol del director como compositor, como alguien que asume como íntimamente propio todas las fases creativas de un filme.

Le dediqué un editorial a esta idea en El compositor J.A. Bayona, y el estreno de Hacksaw Ridge me permite escribir otro en esa misma línea, dedicado en este caso a Mel Gibson, aunque si no lo titulo El compositor Mel Gibson es para que no parezca una segunda entrega de una serie que me obligaría a titular igual los editoriales que celebren la labor de los directores. Pero la idea ahora es más o menos similar: resaltar la sabiduría, exquisitez, interés y talento de un director que sabe lo que puede delegar en la explicación musical para lograr una película más completa y redonda. Y me refiero al conjunto de la obra hecha, la filmografía, la trayectoria, que es lo que distingue a los directores en este ámbito y que hace que ese calificativo de compositores sea más restrictivo.

Hace dos semanas lancé en la serie Lecciones de Música de Cine un capítulo dedicado a la admirable Braveheart (95), en el que más allá de la belleza de las melodías de James Horner se destaca la gran precisión e inteligencia en la estructura narrativa de la música, algo que parece salido más de la pretensión del director, lo que en absoluto significa nada negativo para el compositor, pues Horner satisface con creces las demandas tan exigentes y su aportación es una importante suma al total. Por otra parte, tanto en The Man Without a Face (93) como en The Passion of the Christ (04) las músicas (de Horner y de John Debney, respectivamente) contribuyeron a elevar las películas y llegar a darles un tono dual, también opuesto, al narrado desde el guion literario: música para lo dramático en un hombre de pasado turbio y presente desesperanzado y música para abrir camino hacia el optimismo y la esperanza, o la tragedia del sufrimiento junto a la evocación mística e incluso pletórica. Y en ambos filmes, con un desarrollo dramático y narrativo de extraordinaria precisión, de principio a fin, sin parcheos, remiendos ni trampas, sino haciendo película también desde la música. Al igual que en la aparentemente caótica pero muy bien ordenada música de Horner para Apocalypto (06), aquí algo más a ras de suelo, música de agobio, de hostigamiento, de peligro y de veneno, que logró meter al espectador en medio de la violencia maya, pero también con momentos de cierta liberación. En estos tres filmes, basta con imaginarlos sin sus músicas y se vaciarán de contenido. No solo en lo emocional.

Tengo la sensación -puedo estar equivocado- que Hacksaw Ridge era una película ideal para James Horner, y seguro que hubiera sido un trabajo extraordinario. Aquí Gibson reitera esa dualidad, en una operativa que amplía la dimensión dramática de la película, que Rupert Gregson-Williams cumple con solvencia pero que responde claramente a una idea de cine y de explicar el cine muy propia de Mel Gibson. Y son por razones como esta, por su inteligencia en el empleo de la música, el respeto mostrado en su ausencia y en el mensaje global del conjunto hacen que Gibson pueda ser considerado un buen compositor de cine y que un nuevo filme dirigido por él genere tantas expectativas en lo que concierne a la enseñanza del uso de la música. No pocos aprenderían mucho estudiando su modo de entenderla.

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