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MINIMALISMO MAXIMALISTA

10/02/2017 | Por: Conrado Xalabarder

Es cierto, y fácilmente demostrable, que la música puede asumir -si así se necesita- un peso dramático y narrativo determinante en el conjunto de la película. Porque forma parte de ella, porque la música es también la película, no un elemento externo, aunque haya quien aún no lo comprenda. Pero también puede asumir -si así se necesita- un peso dramático y narrativo menos determinante y pese a ello llegar a ser importante para conseguir ciertos logros... que sí pueden ser muy relevantes.

Es lo que sucede en la película nominada al Oscar Moonlight, que hoy se estrena en los cines de España y cuya música -también finalista a la estatuilla dorada- es firmada por Nicholas Britell. Esta banda sonora entra en un grupo especial, por el que tengo singular afecto, y al que llamo minimalismo maximalista. No se refiere al estilo musical sino al hacer uso de recursos mínimos para obtener logros máximos. Es un modus operandi de construir película desde la música que abarca desde bandas sonoras monotemáticas (un solo tema musical para explicar muchas cosas diferentes) a bandas sonoras politemáticas pero claramente focalizadas. Moonlight es un buen ejemplo.

Hay mucha y abundante música en la película. Es una música que es dispersa y variada y que asume eficientemente cometidos ambientales y de matices dramáticos en escenas concretas o en reacciones de algunos personajes. Son en su mayor parte músicas secundarias ad hoc, para momentos determinados, pero que no forman parte de la narrativa global, no abarcan más allá de sus escenas. No significa que no sean relevantes, pues son al conjunto siempre una suma y nunca una resta, pero no son estrictamente necesarias. No sucede así con el tema principal, una melodía escasa y breve, muy sencilla, que hace acto de presencia en contadas ocasiones para enfocar al protagonista y, abrazándolo y dándole ternura, hacer aún más evidente su fragilidad y la necesidad que tiene de recibir afecto. Es un tema en el que unas pocas notas musicales logran expandirse y explicar muchísimo del personaje, de modo inmediato y sin necesidad de desarrollo: bastará con reiterarlo allá donde se quiera para recordarle al espectador su situación emocional.

El filme es relatado en tres etapas: la infancia, adolescencia y juventud del protagonista. En las dos primeras se hace uso de ese tema musical logrando mantener su significación pero además conectando al personaje en ambas etapas de su existencia: poco o nada ha cambiado en él, esa música sigue siendo la misma. Sin embargo, en la tercera parte, cuando el espectador espera escuchar su música... esta no aparece, por ninguna parte. El resultado es formidable, porque de modo casi automático se busca esa música, pero no hay rastro de ella. Y entonces se hace el vacío y el personaje se hace vacío, y derivadamente surgen mil dudas sobre lo que le pasa: está más silente que nunca. Hasta que al final del filme una sola frase puesta en su boca trae de nuevo al tema principal... pero esta vez en forma de palabras y no de música. Esa frase, demoledora, es el destino al que nos ha llevado a los espectadores un tema musical mínimo aplicado para lograr un impacto máximo. Impresionante ejemplo de maestría cinematográfica que en este caso no tiene resultado perfecto por algunas indecisiones musicales ajenas al tema principal (pero que le afectan en su devenir) pero que hace que sea tan interesante explorar las posibilidades narrativas del minimalismo maximalista en la música en el cine. Las seguiremos explorando!.

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