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MUCHOS DEDOS SANGRANTES

10/11/2017 | Por: Conrado Xalabarder

Tal y como se sospechaba, se ha confirmado que Alf Clausen no fue despedido de The Simpsons para ser reemplazado por otro compositor, sino por una empresa musical, en concreto Bleeding Fingers, creada en 2013 tras una fusión con la británica Extreme Music, y que se dedica a la producción musical de documentales, realities y shows televisivos. Al frente de ella está Hans Zimmer y, como indica el propio compositor en la web, cuenta con la próxima generación de compositores de élite creando bandas sonoras sin escatimar en nada. Alf Clausen había prestado su talento -sin escatimar en nada- durante 27 años de colaboración ininterrumpida. Sobre su despido defendí en el editorial Los Simpson sin Alf Clausen que no había por qué rasgarse las vestiduras por esa decisión, más allá de lamentarlo por el propio compositor:

Puede que hayan buscado la manera de actualizar la serie y llegar a más público (esto es un negocio, no lo olvidemos) y puede que la contraoferta de Clausen no haya sido convincente (...) Lo que es objetivamente cierto es que cada año la serie va a peor, que debían tomarse medidas y que la música, como está ampliamente demostrado, puede ser una gran solución. Y si, como parece probable, lo que se quiere introducir en el hogar de Homer y Marge Simpson en Springfield es el estilo Hans Zimmer, que tanto gusta a las mayorías, ¿sería incoherente comparado con lo que ya está sucediendo en la industria cinematográfica?

De la antigua y veterana Remote Control Productions (ex Media Ventures), de Zimmer, salió una cantera de compositores muy interesante y algunos de ellos están hoy en primera línea, como Lorne Balfe, Ramin Djawadi, Harry Gregson-Williams o especialmente John Powell, entre muchos otros. En lo que respecta a los jóvenes compositores en plantilla de Bleeding Fingers lo que les aguarde en el futuro está por ver, pero de momento atribuirles el ser compositores de élite está más cerca del afecto patenalista que de la realidad: por lo que conocemos de ellos -para ser justos es muy poco- no albergamos demasiadas esperanzas. Los hermanos Jared y Austin Fry, por ejemplo, son autores de obras mediocres y, aunque Jacob Shea sea algo más interesante, no hay nada que haya hecho que no puedan hacer mejor muchísimos otros de su generación. Salvo que con lo de dedos sangrantes de élite se quiera enfatizar que son trabajadores incansables (hasta hacer sangrar sus dedos), obedientes, disciplinados y baratos, pero entonces estaríamos en otra categoría y no precisamente admirable. En cualquier caso, y dándoles a todos ellos el beneficio de la duda, seguirán en reserva mientras no demuestren su talento ante una partitura propia y sin refugiarse en la obra colectiva, ante la copia y con la imitación. Élite es John Powell, por ejemplo. Mientras ninguno de estos compositores se ponga en solitario ante un filme, no lo son, cuando menos por respeto a todos y tantos compositores que se exponen a sí mismos intentando superar el reto de construir musicalmente una película.

Pero lo que es más preocupante es que finalmente los trabajos se vayan a firmar no autoralmente sino como Bleeding Fingers. Al menos en los créditos de los nuevos capítulos de The Simpsons aparece así (score By Bleeding Fingers Music, literalmente). Los compositores tutelados en Remote Control Productions hacían constar sus nombres, lo que suponía significarse aunque fuese con un estilo y unas formas musicales muy marcadas por Zimmer. Pero la despersonalización que es el reemplazar nombres de compositores por el de una empresa es un mazazo a la dignidad de la música y a los propios compositores. Es legítimo y no hay duda que el trabajo estará bien hecho. Nada artístico ni creativo, sino industrial y mecánico, pero formalmente será eficiente: ¡sería inaceptable que encima fuese malo!

Sería inaceptable, pero es harto probable que lo sea pues la buena música no se fabrica sino que se crea, y sale del talento de un artista y no de un equipo de secretarios. Haberlos preferido a un veterano como Alf Clausen tiene mucho de humillación y es un aviso a navegantes, tanto a compositores como a aficionados porque si son rápidos, baratos y disciplinados es probable que los productores vean más práctico que las bandas sonoras de no pocos filmes, especialmente blockbusters, se hagan más desde una perspectiva empresarial y no artística, que en realidad ya funciona de esta manera, pero al menos con nombre y apellidos. Hollywood lleva tiempo lleno de muchos aspirantes que ofrecen sus dedos sangrantes a la industria para formar parte del circo de las abejas, y el escalón más bajo al que se puede llegar es que ni tan solo importe el cómo se llaman.

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