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LOS CONVULSOS 60 (XIII): LAS DOS ESPAÑAS

27/05/2020 | Por: Conrado Xalabarder
HISTORIA

Capítulo anterior: Los convulsos 60 (XII): Más allá de Morricone

Los sesenta en España conocen la aparición de innumerables comedias y musicales: son las películas protagonizadas por Marisol, Paco Martínez Soria o Alfredo Landa, los filmes con monjas que cantan, estudiantes que se enamoran... películas de consumo englobadas dentro de lo que sería conocido como españoladas, que contrastan con las de Berlanga, Bardem o Carlos Saura, que se inicia en este período. Este contraste se encuentra también en la música que se escribe para las películas. Frente a los ritmos yé-yé, folklóricos y populares, en las salas de cine se escucha también música seria, dramática. Manuel Parada mantuvo en esta década una amplia producción, de la que destacan títulos como Maribel y la extraña familia (60), para la que escribió una partitura jovia, o las dramáticas creaciones para Mi calle (60) Teresa de Jesús (61) o, más adelante, La duda (72), su última gran creación para el cine. En una vertiente más ligera, hizo No somos ni Romeo ni Julieta (69) o Un adulterio decente (69), entre otros éxitos comerciales en los que participó. Miguel Asins Arbó, por su parte, colaboró con Marco Ferreri en El cochechito (60) o con Luis G. Berlanga en Plácido (61) y El verdugo (63), ambas con cuidada carga sarcástica. José Solá siguió empleando jazz en películas como Altas variedades (60) Los cuervos (61) o El salario del crimen (64), en todas para acompañar los ambientes mundanos y sórdidos, aunque en el segundo título también con propósitos picarescos. De todos modos, el compositor debió ceder ante la realidad del cine de los sesenta y en buena parte de sus creaciones en la década dominaron las músicas ligeras, frívolas y románticas, acarameladas, como en Playa de Formentor (64).

Antón García Abril fue el compositor de mayor éxito y el que marcó las principales pautas en la música del cine español de los sesenta. Popularizó melodías ligeras y retentivas que acompañaba ocasionalmente con voces, como en el caso de Sor Citröen (67), de Pedro Lazaga, que fue una de sus creaciones más conocidas. Con Lazaga trabajó también en las comedias La ciudad no es para mí (65) Abuelo made in Spain (68) o No desearás la mujer del prójimo (68), aplicando música pop o romántica muy contextuada en los felices años sesenta. En esta línea destacó también Augusto Algueró, quien además tendría éxitos extracinematográficos con diversas canciones. En el cine hizo muchas películas, entre ellas como Un rayo de luz (60) Tómbola (62) o Historias de la televisión (65), en las que incluyó canciones de gran popularidad. También destacó el compositor de origen argentino Waldo de los Ríos con títulos como La vida sigue igual (69), si bien en su caso pudo desarrollar una música más elaborada en películas de Narciso Ibañez Serrador, con el que trabajó en esta década en La residencia (68). En estos años despuntaron también otros como Carmelo Bernaola, que escribió música dramática para Nueve cartas a Berta (65) o Gregorio García Segura, prolífico autor de numerosas comedias como Abuelita charlestón (61) o Juicio de faldas (69). Finalmente, Luis de Pablo sería uno de los más distinguidos en este período, especialmente en películas de Carlos Saura, con quien colaboraría de forma regular a partir de La caza (65), en la que escribió una música contundente y árida, o también en Peppermint Frappé (67) o La madriguera (69). En su conjunto, no fueron los sesenta los mejores años de la música en el cine español, por imposiciones comerciales, pero algunos de los que trabajaron en esta época pudieron, ya en los setenta, liberarse de ese yugo y escribir creaciones más personales.

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