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EL COMPOSITOR DEBE GANAR

26/02/2021 | Por: Conrado Xalabarder

Desgraciadamente los compositores de cine no viven del elogio ni de las palabras de ánimo sino, como tantos mortales, del dinero que ingresan con su trabajo y, como tantos creadores, de los derechos que legítimamente les corresponden por la explotación comercial de sus trabajos. Para muchos y muchas, ambas fuentes de ingresos han ido evolucionando progresiva o fulminantemente a la baja, una caída que seguramente se hace más dañina con el desánimo de saberse incomprendidos y no apoyados. Los cada vez más exiguos beneficios que obtienen los creadores musicales por su labor pone en riesgo el futuro de la propia profesión: en el cine, si hay hambre no hay arte sino obediencia para la supervivencia.

En estos últimos meses lo hemos venido comentando a raiz de lo expuesto en el libro de Stephan Eicke The Struggle Behind the Soundtrack, al que dedicamos varios artículos y cuyas miserias ya no son solo norteamericanas, puesto que el más o en todo caso lo mismo pero por mucho menos dinero es ya más realidad que tendencia. Esta semana han convergido en MundoBSO dos cuestiones adicionales, igualmente importantes: la descarga ilegal de bandas sonoras y la miserable (en el doble sentido de la palabra) retribución que dispensan las plataformas de streaming a los autores. La descarga ilegal (sobre la que hemos tratado en El otro coleccionismo) no parece que vaya a tener solución pero asumir esta realidad no significa tener que rendirse y no buscar alternativas, aunque la contraoferta de buenas presentaciones con libretos explicativos no resultan de mucho interés como reclamo para quienes no pagan por tener bandas sonoras.

En el mismo artículo hice referencia a las penosas remuneraciones que se dan a los compositores en plataformas como Spotify, YouTube, etc: Spotify abona a cada artista, de media, un dólar por cada 229 escuchas; menos que Tidal (un dólar por 80 escuchas), Apple Music (136) o Deezer (156), pero más que YouTube, donde se requieren 1.449 escuchas para percibir ese dólar, tal y como rescaté de otro artículo. En la entrevista incluida de modo íntegro en Pequeño Paul Williams, que publiqué ayer, el cantante, compositor y presidente de ASCAP (una suerte de SGAE norteamericana pero sin casos de saqueo y corrupción) explica cuál es la función de su entidad:

"Avocamos por los derechos de los creadores musicales, y en la edad digital y el mundo del streaming la música se ha devaluado intensamente. Cuando con una canción que tiene un millón de reproducciones se gana 90 o 100 dólares, algo se ha roto. Cuando la canción número 1 de 2013 se reprodujo 72 millones de veces y los autores ganaron 500 dólares, eso está mal. Es importante que se sepa que ninguno de nosotros ni las discográficas queremos hacer nada que haga más cara la música a la gente, pero para quienes controlan las plataformas, las empresas que comparten la música deberían hacer lo que se hacía en la radio durante tantos años, un porcentaje justo del dinero de los anuncios o de la suscripción"

Estas palabras del presidente de ASCAP son de 2016, hace ya seis años. ¿Qué ha cambiado en seis años? Paul Williams, ASCAP, Musimagen en España y tantas otras organizaciones batallan por conseguir un reparto justo para los creadores musicales, porque el compositor debe ganar lo que es justo que gane. El frente de batalla no está realmente en las descargas, o al menos no tanto como sí lo está ante estas enormes y poderosas compañías a las que parece imposible poder doblegar. Los contactos que ASCAP ha tenido en el Congreso USA o aquí otras entidades en el Parlamento europeo no han dado resultados significativos, de momento. No tengo ni idea de cómo podría mejorarse esta penosa y enormemente injusta realidad, pero todos ganaremos si los creadores musicales ganan lo que merecen. Es una causa belli que merece cualquier esfuerzo.

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