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ZIMMER EN EL PLANETA TIERRA

11/11/2016 | Por: Conrado Xalabarder

El pasado domingo 6 de noviembre la BBC estrenó la tan esperada segunda parte de la prestigiosa serie documental Planet Earth (Planeta Tierra en España), cuya primera entrega fue diez años atrás. En el comienzo del primer episodio, el presentador David Attenborough anuncia desde lo alto de un globo que muchas cosas han cambiado desde aquél entonces. Se refiere a las condiciones de la Tierra y de los animales que la habitan, algo de lo que todos somos conscientes y que a la inmensa mayoría preocupa. Pero podría perfectamente referirse también a la música para el género, pues ha habido un cambio considerable del que no estoy seguro sean todos conscientes ni que preocupe a mucha gente.

No pretendo en este editorial hacer un comentario sobre el conjunto de la banda sonora de la serie pues donde corresponde hacerlo es en la ficha que se abrirá al efecto la próxima semana, y porque además tan solo he visto el primer capítulo: la ficha podrá modificarse (o no) en función de lo que se aprecie en los siguientes episodios, pero obviamente este editorial no. Pero sí quiero comentar la actitud, el posicionamiento y sobre todo el grado de implicación.

La música de este Planet Earth II se encabeza con una sintonía principal de Hans Zimmer y luego se completa con temas escritos por Jacob Shea y Jasha Klebe. Ambos son compositores emergentes a quienes se les ha dado este trabajo -el lector lo imaginará- no para ser artistas sino para cumplimentar bien el oficio artesano de transcribir y transmitir la sonoridad y el estilo del alemán. No es una consideración despectiva hacia ellos, pues aparentemente han hecho un buen trabajo, sino constatar una realidad. ¿Alguien cree que la BBC ha buscado a Shea y Klebe para esta empresa? ¿Para reemplazar a George Fenton? Parece evidente que han querido a Zimmer y que este ha delegado en artesanos de su taller el trabajo de satisfacer las demandas de su cliente. Un asunto que en el oficio de la artesanía es antiguo y que guarda relación con la trilogía de editoriales que precede a este.

El primer episodio de Planet Earth II es sobrecogedor. Hecho con una tecnología considerablemente superior a la de hace diez años, muestra unas imágenes intensamente emotivas y bellas que ayudarán al gran propósito de concienciar sobre la inapelable necesidad de proteger, cuidar y no destruir nuestra casa común. Hay escenas dulces, tiernas, pero también crueles y dramáticas de lo que es la vida animal, todas con un discurso común: este es nuestro planeta y somos afortunados de pertenecer a él, así que no seamos tan imbéciles como para destruirlo. Este es el discurso de los documentalistas, pero ¿cuál es el discurso de la música?.

Uno de los mejores y más experimentados compositores en el género del documental sobre animales es el francés Bruno Coulais. Cosechó un importante éxito con Microcosmos (96), con música que interpretaba el mundo animal desde la perspectiva de los propios animales, o en un sentido absolutamente opuesto también con Le peuple migrateur (01), donde se primó una reflexión filosófica y poética que marcó una declaración de principios muy humana sobre el reino animal, en una línea comparable a las canciones de Neil Diamond para Jonathan Livingston Seagull (73), tantos años atrás. Pero hoy en día es aceptable entender que estas formas puedan llegar a ser veneno para los índices de audiencias: por sutil y elaborada, es un tipo de música que necesita de la atención del espectador, de su disposición, de su participación pero sobre todo de su buen paladar auditivo para poder entrar y sobre todo comprender los nuevos mundos que se muestran con ella. Por otra parte, hay también que constatar que no se ha vuelto a repetir ese éxito, tampoco en lo artístico, en los varios documentales que el compositor ha construido con su música después de Le peuple migrateur.

George Fenton, por su parte, se ha significado por la música de otros documentales como The Blue Planet (01), Frozen Planet (11), Bears (14) o como ya he indicado la primera parte de Planet Earth. Siendo sumamente eficiente y competente, y firmando bandas sonoras beneficiadas por su elegancia, no ha alcanzado los niveles artísticos de Coulais porque este puso su firma, su voz personal, creativa y reconocible, mientras Fenton ha funcionado con melodías más de zonas comunes, clásicas, genéricas, de esas que el espectador solía escuchar en los documentales, impecablemente hechas, deliciosamente hermosas, pero músicas comunes. ¿Anticuadas?.

Lo irónico es que este Planet Earth II lleve la firma, voz personal, creativa y reconocible de Zimmer -aunque sea con otras rúbricas- pero que sea a la vez una sucesión de músicas de zonas comunes, genéricas, que el espectador reconocerá como tantas otras de las que se escuchan actualmente en cine y televisión. El tema principal (de Zimmer) está considerablemente por encima del resto de las músicas, lo que por otra parte no es de extrañar. La diferencia con Coulais entra más en el territorio gastronómico de comparar el caviar francés con el fast food industrial tan bien hecho por los que trabajan para Zimmer. En lo que respecta a Fenton, y por lo que he visto en el primer episodio, ya no parece importar tanto contagiar emociones como vender y hacer que la serie sea comercial, accesible y cómoda para un espectador del que se espera sumisión y pasividad, no participación. Las escenas de este Planet Earth II son tan poderosas, elocuentes y bellas que ninguna música podría estar a la altura si pretendiera explicar lo que ya se ve o se limitara a sincronizarse con ellas. El valor añadido, lo que convierte a la música en suma, es lo que aporta y que no está grabado por las cámaras: es el mensaje, el tributo, la opinión, la emoción, la actitud e implicación de la música y su compositor. Todo eso que Coulais o Fenton consiguieron con facilidad y que en esta nueva etapa de la serie documental queda por ver si se logra, porque lo grande es observar el espectáculo de la vida, respetarlo e interpretarlo y luego saber explicarlo a las audiencias, con creaciones orgánicas que parezcan surgir genuinas de las praderas, los bosques, montañas o mares, o de los propios animales. De momento, las de Zimmer y equipo tienen más apariencia de salir de una gran empresa de producción musical, algo que el Planeta Tierra, sencillamente, no necesita para explicarse. Veremos cómo evoluciona, si se integra o acaba siendo una especie invasora y contaminante.

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