(contiene spoilers)
Como no podía ser de otra manera en una película de Guillermo Del Toro hecha con recursos ilimitados, este es un apabullante y deslumbrante festín donde el director despliega toda su imaginería visual, también en lo que respecta al diseño sonoro y por supuesto al empleo de la música. Desplat aporta lo mejor de sí mismo pero la película, como sucede con el monstruo y su creador, acaba por destruirle, al menos en parte. El conjunto de su partitura es de una excelente, impecable, elegante e intensa belleza y refinamiento, con algunas secuencias memorables. Entre ellas, y muy destacadamente por lo sobresaliente, la de la creación del monstruo, que enfrenta virulentamente lo desagradable de la manipulación de trozos de cadáveres con un sublime vals que celebra y en nada condena esa creación, pues insufla de vida lo que está a punto de dejar de ser muerte, además de mostrar la pasión e ilusión del doctor.
Hay ciertamente varios momentos en los que el protagonismo dramatúrgico de la música es sublime y poético, gótico, intensamente lírico, a ratos ténebre y en otros romántico, pero son más los momentos donde la música está para subrayados de intensidad innecesaria, como si pretendiera señalar la importancia y trascendencia de prácticamente cada una de las muchas escenas en las que aparece, pero sin establecer una continuidad, un flujo musical, un viaje sensorial, emocional o dramático. Mucho menos narrativo: no hay temas musicales definidos y claros que se desarrollen y evolucionen explicando y referenciando a los personajes, de los que poco se muestra a través de la música salvo las sensaciones y emociones momentáneas, como la mencionada creación u otras en las que la música expone las emociones del momento. Pero nada sobre lo que piensa o siente el monstruo, allá donde en el guion sí piensa y siente: Desplat le aplica un violín con intención de funcionar como su voz interna, sus emociones, pero este queda ahogado entre otras músicas y no llega a formar un tema claro ni una voz entendible, y no va más allá de eso cuando el personaje sí forma una personalidad y va más allá de ser un monstruo sin razonamiento. El doctor Frankenstein le ha dado vida pero Alexandre Desplat no realmente.
La mayor parte de su música no está en los personajes sino en los escenarios, en la fotografía, en los espacios, y sobre todo en la mirada externa, la del director y la que se impone a la audiencia, pues la de Desplat resulta más una música para impresionar y gustar que para explicar: no existe tema musical que se desarrolle, que forme un arco dramático que muestre y demuestre una evolución en los personajes. Hay confusión emocional y narrativa en la música, pero también lo hay en el propio guion del filme, como por ejemplo cuando se hace saber que el monstruo quiere tener una novia para no estar solo pero ese anhelo se diluye apenas diez o quince minutos después tras un simple no del doctor, o como que pase de no saber pronunciar apenas dos palabras a compartir reflexiones existenciales, o la desmesurada fuerza que le permite levantar, cual Superman, un barco cuando no mucho antes estaba encadenado sin poder soltarse. Son incongruencias, o por lo menos rarezas a las que se suman algunas incongruencias, o por lo menos rarezas, de la música de Desplat con el personaje.
Sí, Desplat aporta un lirismo casi operístico y también casi omnipresente, hiperbólico, pero invade cada escena de una emoción prediseñada, programada, dirigida a generar un impactos de inmediatez, de corto plazo, que es superlativa en su grandilocuencia gótica y que, aunque siempre sincera y nunca impostada, y desde luego de hermosura en ocasiones extrema, acaba por resultar demasiado sobrecargada de exquisitez y pulcritud, saturante y agotadora, una aportación acorde con la estética pero sin rumbo dramático y narrativo claro a lo largo de la película y sus personajes, lo que hace que llegue al final del filme no en elevación sino como música con todos sus mejores recursos ya agotados.