El compositor cierra la trilogía con una banda sonora explosiva, intensa, apabullante, que culmina lo expuesto y desarrollado tanto en The Hobbit: An Unexpected Journey (12) como en The Hobbit: The Desolation of Smaug (13), pero con un tono y un sentido dramático considerablemente superior. Esta es una banda sonora de choque, de colapso, de enfrentamiento, de dos corrientes que luchan por imponerse: están las músicas oscuras, siniestras, violentas y por otra parte las luminosas, las líricas, las místicas, ambos bandos con sus temas (existentes u originales), en una batalla musical que tiene lugar desde el mismo inicio y que, discurriendo paralela a la historia, también avanza acontecimientos con el uso de motivos referenciales.
Aparte de la majestuosidad del conjunto, y del uso coral (para la maldad y para la bondad) es singularmente sobresaliente por el continuum que se mantiene desde buen principio hasta llegar al final, con momentos acelerados y otros más calmados, pero siempre en permanente movimiento hacia delante, con músicas muy explicativas que obviamente involucran al espectador en la aventura, lo condicionan emocionalmente y lo llevan hacia el bellísimo final, donde los temas centrales se liberan y se abren hacia nuevos horizontes.