Sombríos aires herrmannianos pincelan de siniestra oscuridad el conjunto de la serie, pero sin imponerse y dejando espacio para la implantación y desarrollo de otras músicas, desde un cierto humor negro y macabro a un muy tema de amor protagonista absoluto en el primer episodio, que es citado ocasionalmente en alguno de los siguientes y que es deliberadamente desgarrado, casi folletinesco. También hay temas ligeros, desenfadados, con aires mancinianos, y en el último episodio una completa devoción -y rendición- a las músicas características del cinéma noir. Todo ello, pese a ser tan diverso y cambiante, con solidez y manteniendo un buen equilibrio en el conjunto de los seis episodios de la serie.
(spoiler)
Sí rompe todos los equilibrios el empleo, en el capítulo 4, del Réquiem de Mozart en la escena del primer enterramiento, el de Blanca, la muchacha negra sobre la que pivota el argumento de ese episodio. Es a todas luces una música excesiva, no se sabe si por burlesca -lo que no sería aceptable- o si por pretender reflejar tributo a la chica. Ese tributo que marca la solemnidad e intensidad de la música de Mozart no puede corresponderse (sería poco entendible) a quienes a fin de cuentas la han matado, pero tampoco tiene sentido pensando en la audiencia, pues la música saca por completo del horrendo escenario y contexto. Ese, por ser el primero, era precisamente el momento adecuado para que todo aquello que se estaba anunciando desde el principio, con las músicas de aires herrmannianos, tomara cuerpo y forma y marcara un decisivo punto de inflexión, también musical, en la serie.