La categoría y solvencia que siempre ha caracterizado a Roque Baños salva esta creación rendida en parte a los criterios comerciales e industriales que tanto caracterizan el cine comercial e industrial de Hollywood. Lo salva cuando el compositor puede ser sigular, único, personal, y lo es aunque tardíamente en una banda sonora inicialmente demasiado dispersa e inconcreta, y orientada hacia postulados de acción y enfáticos, auque finalmente reconducidos hacia una perspectiva espiritual y lírica.
Gira en derredor de dos grandes temas. El primero remarca el poder de Roma y su ejército, es un tema muy sencillo y elemental, es contundente y es también arrogante. Es la música de siempre, bien hecha, seca y áspera, y que es apoyada por otros temas en similar línea. Frente a ellos, un tema -el principal- dedicado a Jesucristo y su entorno, una melodía bella y emotiva que va tomando cuerpo y forma a medida que avanza la acción, hasta llegar a una notable eclosión final. El proceso hacia ese punto de elevación es tortuoso y algo confuso, y aunque la original instrumentación aporta el adecuado aire arcaico, no basta con eso para que la música sea claramente explicativa.
De todos modos, este es un comentario provisional, a la espera de ver la música en el filme y poder comprobar su implicación en el filme.