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MundoBSO - EL VIOLÍN DE FRANKENSTEIN
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Editoriales

24/10/2025
Conrado Xalabarder

EL VIOLÍN DE FRANKENSTEIN

Desde que en The Bride of Frankenstein (35) un violín tocado por un piadoso ermitaño ciego atrajera y diera paz interior (y exterior) al monstruo, ese instrumento ha quedado indisolublemente asociado a la bestia. Allí el personaje encarnado por O.P. Heggie interpretaba el Ave María de Schubert, y esa misma música, también con violín, sonaría en la memorable parodia de Mel Brooks Young Frankenstein (74), pero aquí no tocada por el ermitaño Gene Hackman sino escuchada en un gramófono. Allí hubo un violín mucho, mucho más relevante: el de John Morris y su apoteósica música empleada diegéticamente para calmar al monstruo y extradiegéticamente para generar la hilaridad en la audiencia. Una obra maestra absoluta en la forma de una canción de cuna para un cadáver que llevó el violín cinematográfico a la cota más alta nunca vista en la Historia del Cine, solo alcanzada por el de John Corigliano en The Red Violin (99). Pero en lo que concierne a adaptaciones de la novela de Mary Shelley, nadie ha podido superar al violín de Morris, ni tan solo Patrick Doyle y su superlativa Mary Shelley’s Frankenstein (94), la versión de Kenneth Branagh donde la emoción y humanidad del violín era virulentamente contestada por la grandeza, solemnidad y oscuridad del órgano.

Como no podía ser de otra manera, Alexandre Desplat también ha empleado un violín para sacar algo de humanidad entre los fragmentos cadavéricos unidos por el doctor Frankenstein del Frankenstein de Guillermo Del Toro, que se estrena hoy en cines pero cuya banda sonora no verá la luz hasta su estreno en Netflix, el próximo 7 de noviembre.

Adoro a Desplat, compositor de enorme talento e inteligencia, pero tras una inicial y feliz sorpresa (¡otro violín, nuevamente un violín! salté de alegría al verlo escuchándolo en la película) su violín me ha resultado desilusionante. A mí, no pretendo sentenciar ni pontificar. Si, por supuesto que la música que surge del instrumento es caviar (¡es Desplat!) pero... nada, nada que ver con aquellos violines de Schubert, de Morris o de Doyle en lo que a impacto dramatúrgico, narrativo, incluso visual se refiere.

Ciertamente a mí (hablo por mí, no sentencio ni pontifico) el conjunto de la película me ha decepcionado. Es visualmente maravillosa -dejando aparte unos efectos especiales en momentos pobres-, pero son varias mis razones para el descontento: una actriz que me resulta igual a un bloque de hielo, un monstruo que no puede desprenderse de sus cadenas cuando lo intenta pero luego tiene más poderes que Superman, o que solo sabe decir dos palabras pero en nada comparte reflexiones filosóficas existencialistas, o... también la música, sobre la que he publicado mis impresiones. Pero estas son a una sola vista -tantas veces insuficiente para entrar en el detalle y apreciar los matices- y por el respeto que me merece Desplat las modificaré (o no) cuando vea dos o más veces la película, que es lo que debe ser hecho. Pero no creo que nada cambie mi parecer de que el violín de Frankenstein es el de John Morris. No hubo ni hay otro igual.

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bbbbbb

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