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MundoBSO - UN VIDEOJUEGO HISTÓRICO
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Editoriales

17/10/2025
Conrado Xalabarder

UN VIDEOJUEGO HISTÓRICO

Mañana sábado se celebran veinte años del lanzamiento de un videojuego para PlayStation 2 que, dos décadas después, sigue siendo absolutamente único: Wanda to kyozô (Shadow of the Colossus), una obra maestra y uno de los más influyentes nunca hechos. No solo redefinió la narrativa en videojuegos sino que también transformó el modo en cómo los jugadores interactuaban con mundos virtuales y, en este caso, enemigos monumentales: los fabulosos colosos, cada uno de ellos una obra de arte en sí, majestuososos, de anatomía detallada y cada uno de ellos planteando un reto fascinante. No había muchos diálogos ni cinemáticas extensas, lo que importaba era el entorno y la interacción con los dieciséis gigantes a los que se enfrentaba el joven Wander intentando descubrir sus puntos débiles y creando estrategias sin armas múltiples ni habilidades sobrehumanas, tan solo con destreza, observación y una gran motivación: el amor desesperado.

Gabriel Yong, autor de la extensa y detallada explicación de la banda sonora que tenemos publicada en MundoBSO, ha escrito unas líneas a propósito de la efeméride: 

En 1984 Nintendo lanzó Super Mario Bros, crucial para la introducción de la cuestión narrativa en tanto el viaje del fontanero transitando castillos para rescatar a una princesa inició una larga tradición de sagas con ese mismo modelo, llegando a su culmen con The Legend of Zelda (89). En 2005 Shadow of the Colossus fue la culminación de las ambiciones estéticas de Fumito Ueda, un juego diseñado como una experiencia total, que busca la inmersión en el silencio, en lo mítico, en el descubrimiento y en la épica, pero que también confronta al jugador, le plantea preguntas, le hace dudar de sus acciones y de su ética, y logra que el tránsito por las tierras vastas, desiertos, ruinas y llanuras, hermosas pero baldías y malditas, se sienta realista gracias a lo que Ueda llamó Diseño por sustracción, donde lo único central era enfocarse en lo narrado, sin otros elementos que distraigan. Bajo esa filosofía, Kow Otani basó su música, que trasciende de lo meramente narrado y se convierte en parte de la gran tragedia nacida del deseo de amor.

Las exploraciones creaban en el jugador expectación y hasta ansiedad por encontrar a los colosos: no son ellos quienes nos buscan, viven tan tranquilos en sus mundos, sino nosotros quienes invadimos sus espacios para abatirlos por una causa mayor: resucitar a la persona amada. Destruimos criaturas fascinantes a las que transformamos en enemigos, una ambigüedad moral que hizo que este juego trascendiera de la simple lucha y se conviertiera en una reflexión sobre la ética, la muerte y el sacrificio. El juego también abordó temas universales como la soledad, la pérdida y la obsesión, y los espacios desolados que atravesamos con Wander generaban una sensación de pequeñez y fragilidad humana, algo prácticamente inédito en los videojuegos.

La banda sonora de Otani fue y sigue siendo también mítica, única, inolvidable. No solo por lo que amplificaba en términos de tensión y emoción, sino por la inteligencia en su uso: su ausencia en momentos como las exploraciones reforzaba la sensación de soledad y ampliaba la magnitud del mundo, y su aparición en los distintos territorios de los colosos generaba una sobrecarga de adrenalina, miedo y respeto. Una experiencia única, insuperable. Shadow of the Colossus no fue un videojuego como tantos sino una obra de arte que nunca han querido ampliar con nuevas entregas y nuevos monstruos. Una obra maestra que combinó narrativa, música, diseño y mecánica de juego para crear una experiencia única. Su legado perdura veinte años después.

No soy jugador de videojuegos, por falta de tiempo, pero en su día jugué a Shadow of the Colossus por la encendida recomendación que me hizo el director de cine Guillem Morales y jugarlo fue tan fascinante que veinte años después sigo recordándolo vivamente, como también la maravillosa música de Otani. Veinte años después, sigue siendo un videojuego incomparable.

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