Con el empleo de sintetizadores y de instrumentos solistas, el compositor recreó una ambientación musical de asfixiante obsesión, muy recargada, que contribuyó a multiplicar el efecto de desconcierto y caos que necesitaba la película. La música, además, servía para fusionar las tres distintas percepciones de este extraño filme. Se incluye, junto con otras bandas sonoras, en el recopilatorio José Manuel Pagán. Música para el cine (98).
