Esta banda sonora es una creación bombástica que se sustenta en un enfrentamiento musical deliberado entre músicas arcaicas y música sinfónica moderna, articulando una lucha simbólica entre el bien y el mal, entre la oscuridad y la luz. Araujo construye la partitura sobre una base ritual de percusión masiva, coros tradicionales y canto telúrico, que evocan fuerzas primigenias en conflicto. La tensión entre ambos mundos sonoros genera un paisaje épico que profundiza en la espiritualidad del enfrentamiento, ofreciendo una experiencia intensa, ritual y profundamente inmersiva.
