La música de este filme tiene dos objetivos principales que cumple con excelencia: el primero de ellos es ir calando poco a poco en el espectador, para generar turbación y desasosiego, una pesadilla en la que nada de lo que explica la música es concreto y definido, y por tanto no puede racionalizarse. Son ambientes incómodos, hostiles, sutiles y muy tóxicos, que poco a poco van aprisionando a los personajes, generando una atmósfera de locura y desesperación, muy fatalista.
A la asfixia que provoca se suma su refinamiento: no es en absoluto una música vulgar sino elaborada, lo que es más hiriente y dañino porque evidencia que aquello que ataca es muy poderoso y cruel. Y como en tantas otras ocasiones, la música no es otra cosa que la avanzadilla de los acontecimientos y la voz de aquello que aparentemente no se expresa ni habla: el bosque, la bujería, la cabra negra...

