El compositor fusiona musicalmente dos religiones y dos culturas para generar una atmósfera demoníaca e insana, mucho más sutil que explícita. Se construye, como la propia serie en su conjunto, a paso lento -quizá excesivamente lento- en sólida sinergia con estética y dramática con la sobresaliente fotografía llena de sombras, tonos fríos y paisajes desolados, a los que de todos modos insufla de algo de vida. La banda sonora es partícipe clave en la plasmación del horror sobrenatural y los miedos ancestrales que se visualizan y materializan a través de ella, contribuyendo con la sofisticación instrumental a mantener estable una incómoda sensación de tensión. En conjunto es una obra sólida y sofisticada, que expande inteligentemente una toxicidad y un dramatismo desolador muy cuidado.
