Este filme cuyo epicentro está en un acontecimiento del pasado, fuera de la película pero integrado en ella, cabalga entre lo retorcido y lo dolido, lo divertido y lo dramático o la comedia negra y el thriller. Su forma recuerda en algunos aspectos lo tarantiniano o al menos lo pulp, y musicalmente se ha buscado una estética más de viñeta que de largometraje convencional, con resoluciones secuenciales y no buscando un arco dramático con unidad de criterio estilístico, desarrollo y narración.
En la película se emplean
canciones y temas instrumentales preexistentes (de Wagner y de
The Night of the Hunter), algunos con propósitos ambientales y otros sarcásticos, pero lo más destacado es la música original de
Willis, a su vez desdoblada entre aquella que se refiere a la protagonista, sus emociones y su recuerdo y la que se aplica para sus acciones. La primera es de una nptable intensidad dramática y de aflicción; la segunda es una absoluta y deliberada resurrección de
Bernard Herrmann en el cine, que aporta el punto macabro y siniestro que el filme necesita para ser thriller y también comedia negra, divertido y también dramático, retorcido y dolido.