La banda sonora de Fernando Velázquez es, prácticamente desde buen principio, un quiero y no puedo en lo que —parafraseando a Deutsch— supone asumir que, como el empleado de una funeraria, no se puede resucitar a un muerto pero se espera que lo haga parecer más presentable. Velázquez lo intenta de todas las maneras posibles pero el muerto (el filme) no resucita y por no entender o asumir la realidad lo hace parecer aún menos presentable.
No son pocas las ocasiones en que la simplicidad, lo elemental y lo básico funcionan infinitamente mejor que lo sofisticado, y este es uno de esos casos. La música de Velázquez conserva su habitual excelencia —en momentos incluso desbordante, casi hiperbólica—, pero no termina de integrarse de forma natural y orgánica en la película, ya que se percibe con frecuencia como un elemento añadido, casi externo, injertado en el relato para dotarlo artificialmente de profundidad e intensidad. Pretende dar grandiosidad y profundidad a una película que carece absolutamente de ambas cualidades. Esa desconexión mina su capacidad de impacto dramático real y convierte la partitura en una obra que, pese a su solvencia, no encuentra un verdadero anclaje narrativo y resulta forzada e impostada. Esto desemboca en momentos finales donde la entrada de los coros roza lo involuntariamente ridículo, y en lugar de elevar la tensión dramática, la diluye hasta desdibujarla por completo.
La partitura adolece además de una notable confusión estructural, ya que no presenta líneas temáticas claras ni fácilmente identificables, lo que impide al oyente seguir un recorrido musical coherente a lo largo del metraje. Velázquez parece más interesado en insuflar de energía a la película que no en facilitarle la experiencia inmersiva a la audiencia, limitándose en muchos momentos a subrayar lo que ya está explícito en pantalla, y perdiendo así gran parte de su capacidad de sugerencia y construcción emocional añadida.
El tema asociado al pájaro, que parece aspirar a convertirse en el eje de la obra, sugiere una posible vía de desarrollo musical, pero esa vía nunca llega a materializarse de forma consistente. Permanece como un motivo que apenas despega, un vuelo raso sin verdadera expansión dramática, que finalmente no conduce a ninguna resolución significativa ni aporta cohesión al conjunto.
La sensación global es que la partitura aspira a más de lo que es capaz de sostener, y en ese exceso de ambición pierde parte de su eficacia expresiva. Tal vez habría funcionado mejor una escritura más contenida, más sencilla y directa, con menos pretensiones de grandeza y una mayor claridad.
