La música de esta película se sostiene sobre una oscuridad dramática persistente que no actúa como un simple rasgo estilístico, sino como su columna vertebral emocional y conceptual. Esa oscuridad nace de la decisión de Christopher Nolan de prescindir de la orquesta tradicional, evitando la épica luminosa y el sentimentalismo codificado del cine hollywoodiense. Al renunciar al sinfonismo y a temas identificativos que generen una estructura, elimina la posibilidad de un relato heroico o de una emoción expansiva. En su lugar, abre un espacio para una música que advierte, que oprime, que carga. La oscuridad tonal es así la consecuencia directa de un gesto estético que busca una experiencia inmersiva, ritual, casi litúrgica, donde la música convoca la fatalidad que atraviesa el relato.
El empleo de instrumentos arcaicos contribuye decisivamente a esta atmósfera, pero Göransson amplía el espectro con programación, electrónica e instrumentos modernos, generando una textura híbrida que atemporaliza el relato y lo acerca al presente. Esta mezcla responde a la intención de Nolan de establecer un paralelismo entre el poema de Homero y el mundo contemporáneo, igualmente marcado por guerras, odios y fracturas morales. La película se construye así desde una doble perspectiva: la Grecia homérica y el siglo XXI. Se aprecia en el tratamiento musical de los personajes: a Odiseo y Penélope se les atribuye una música más clásica y nostálgica, vinculada al pasado; Telémaco, en cambio, se define con un lenguaje más moderno y dinámico, porque él representa el futuro. En los créditos finales, la canción de Travis Scott —narrador dentro del filme— recapitula la Odisea en forma de rap, reforzando esa dualidad, aunque innecesariamente.
La música de Göransson está supeditada a las pulsaciones del argumento: no busca protagonismo, aunque en algunos momentos —especialmente los más emotivos— sí trasciende su función inmersiva. Su tonalidad oscura, amarga y pesimista, una nube negra que se cierne sobre la fatalidad del destino tanto en Ítaca como en el viaje de Odiseo, solo se despeja ligeramente en el tramo final, cuando la música se vuelve algo más luminosa sin perder su cariz desalentado. Hay momentos musicales espléndidos, como los episodios del cíclope, Circe o los lestrigones, donde la imaginación tímbrica de Göransson brilla con fuerza. Sin embargo, muchas sutilezas pasan desapercibidas por la coexistencia con los magníficos efectos sonoros y los diálogos, ambos con un peso monumental.
Las voces y los coros arcaicos son otro de los elementos distintivos. En su registro violento y primario, generan una amenaza constante; en su registro lírico y ritual, aportan una dimensión espiritual y poética, especialmente en la música que finalmente celebra la figura de Odiseo. Dramatúrgicamente, la música sigue la respiración del filme y la cadencia de la tragedia. No construye grandes arcos emocionales ni emplea leitmotivs tradicionales, aunque Penélope, Odiseo y Telémaco sí cuentan con músicas que puntualmente los definen y los humanizan frente a la nube negra musical del conjunto.
El principal problema de esta banda sonora es su densidad gigantesca y su tendencia a responder al instante narrativo sin proyectarse hacia adelante, lo que genera cierto agotamiento y sensación de estancamiento. La oscuridad tonal, al no evolucionar, puede volverse fría e incluso inflexible, como si la música estuviera atrapada en su propia gravedad. Pero no es una música hecha ni para gustar ni para adornar sino para formar parte de cada uno de los instantes del relato de Homero y, formal y artísticamente, cumple su cometido con creces.
Editorial: EL UNIVERSO DE NOLAN.

