Para esa deliciosa comedia existencialista que rezuma aires de Woody Allen por los cuatro costados el director (también protagonista junto a su hijo en la vida real, y ambos guionistas) ha contado con el tipo de música característica del cine del neoyorquino pero no preexistente sino enteramente original. Y es un festín musical completamente integrado en el ritmo y dinamismo del filme, también orgánicamente: la presencia en un par de momentos de tres músicos callejeros (entre ellos el propio Furones) tocando la música que luego será extradiegética es, más allá del gag al estilo Blazing Saddles (74), una manera de integrar de modo natural la música en escena y asociarla a los personajes. La música, muy presente y en un plano visible bien evidente, es una ayuda decisiva para enfatizar la comedia, la simpatía, generar una impresión de constante cambio e improvisación y sobre todo aportar colorido en un filme que precisamente versa sobre el intento de crear un cuadro. El compositor mantiene firme el rumbo de principio a fin en una banda sonora no narrativa pero no solo ambiental sino también dramatúrgica hecha, entre otros instrumentos, con trompetas, saxofones, piano, contrabajo, batería, percusiones varias y guitarra española. El resultado es, musical y por ende cinematográficamente, una delicia.
