El compositor ofrece una partitura ambiciosa, audaz y profundamente polifacética que subraya, a la vez, la inmensidad del espacio y la fragilidad humana. La obra entrelaza orquesta sinfónica, electrónica y coros de raíz religiosa con una instrumentación poco convencional —desde tambores de acero y percusión corporal infantil hasta el cristal Baschet y las ondas Martenot—, dando lugar a un rico collage sonoro que expresa tanto el choque como el encuentro entre el protagonista y lo alienígena.
La partitura se construye sobre la tensión entre lo orgánico y lo inorgánico: alterna pasajes etéreos y sutiles, que invitan a la introspección y al asombro, con otros de gran intensidad que potencian la carga dramática. Este juego de contrastes permite a la música desplazarse con fluidez entre lo poético y lo humorístico, lo épico y lo íntimo, acompañando con precisión el arco emocional del personaje, en especial en sus momentos de confusión y descubrimiento personal.
Durante buena parte del metraje, la música no busca sobresalir, sino integrarse con sutileza en el tejido narrativo, subrayando la acción sin imponerse. Sin embargo, en momentos clave logra desprenderse y elevarse con belleza, como si aspirara a una forma de trascendencia. Es en el tramo final donde esta cualidad se manifiesta con mayor plenitud, liberándose en una expresión sonora luminosa y conmovedora.
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