El compositor aplica una banda sonora dramática de intensidad variable, donde las referencias étnicas no tienen utilidad solo localista o folclórica, sino que las integra en el relato musical. Este se sustancia en música lírica, evocadora y algo dolorida que resalta la ausencia que hay en el joven protagonista, en su interior y su falta de adaptación exterior, y es notable cuando logra ser la expresión reconocible de sus emociones calladas. Junto a esta música -que se genera en derredor de un tema principal- hay otras para el entorno que le rodea, y son aún más dramáticas y desoladoras, lo que hace mucho más difícil las cosas al personaje.
También hay vías de escape con músicas más relajadas y abiertas, sentimentales y, también, algo azucaradas, probablemente innecesarias, pero que al menos compensan y contestan las anteriores. El problema de esta banda sonora no es su estructura, definida, sino cierta saturación que bloquea la eficiencia del discurso y lo hace difícilmente comprensible. Es una música muy vistosa, agradable, pero colapsada.
