El compositor deriva esta creación —en relación con las entregas anteriores de la serie de películas— a un estadio más emocional y psicológico, aunque abordando la acción y lo abiental. La música explora el conflicto interno de Frank Castle, combinando tensión, melancolía y estallidos de energía, con electrónica, rock, hip-hop y texturas orquestales para construir un sonido moderno y agresivo, pero también introspectivo. Se evita lo puramente heroico para fomentar una sensación de caos emocional y desgaste psicológico. En los momentos de acción, la música es cruda, rítmica y contundente, acompañando la violencia con un pulso casi industrial. Sin embargo, en las escenas más personales aparece un lado más contenido, con motivos tristes que refuerzan la idea de pérdida y culpa. También destaca la integración de guiños al tema clásico del personaje, reinterpretado de forma más oscura y fragmentada.
