El compositor aplica una austera pero elaborada creación que se ajusta al tono semidocumental del filme, sosteniendo y manteniendo una tensión que en su deliberada reiteración resulta agobiante, asfixiante. Hay una confrontación sutil entre la música para los terroristas y sus preparativos -determinante, inflexible, monolítica- y aquella que se aplica para la protagonista, melódica, que de alguna manera expone la humanidad -y fragilidad- que esconde en su apariencia férrea e indubitativa. Son dos músicas que se desarrollan independientemente pero también se hibridan. Hay una tercera perspectiva, la relacionada con los atentados y las imágenes documentales: en esos momentos la música se posiciona fuera de lo orgánico para erigirse, sin caer en lo melodramático, en una mirada externa y atemporal, desconcertada, frustrada y naturalmente desolada.
(spoiler)
Hay músicas y canciones preexistentes ambientales, italianas y vascas, pero una de ellas, Parole, Parole, cobra especial importancia argumental pues es el código que usa la Guardia Civil mediante su emisión radiofónica para avisar a la protagonista de que ha sido descubierta y que debe huir. Funciona espléndidamente en la secuencia, generando mucha tensión, casi hitchcockiana, por ver si ella podrá escucharla o no antes de que se acabe. Sin embargo, cuando ella logra escucharla y sale huyendo, el montaje de secuencias que sigue, con las detenciones por un lado y la protagonista corriendo por el otro es ocupado musicalmente por la canción, y no por música original. Habiendo existido música de ella, música para los terroristas y música para las tragedias provocadas la decisión de imponer la canción italiana es puramente estética, para gustar, quitando un espacio precioso al compositor para contar algo, bien sobre el personaje, bien sobre ETA, bien sobre nuestra propia Historia, ya felizmente superada.
