Esta es una banda sonora en clave intimista, una obra bienintencionada que cubre con corrección los frentes del idealismo bucólico sin caer en un exceso de edulcoración. Afronta adecuadamente lo orgánico y lo étnico, integrando texturas suaves y un color local que acompaña con sensibilidad el tono de la película. Sin embargo, cuando la música debe sostener el drama, la partitura se vuelve mucho más débil, sin lograr una verdadera profundidad emocional. Hay además un exceso de presencia, que en ciertos pasajes termina siendo intrusiva en lugar de reforzar el filme. La obra no construye un arco dramático sólido, y conforme avanza se estanca, repitiendo fórmulas sin aportar matices nuevos. Esa reiteración progresiva hace que la música vaya perdiendo relevancia e interés, quedando finalmente como un acompañamiento correcto pero limitado. En conjunto, es un trabajo honesto y sensible, pero insuficiente en su capacidad para evolucionar y sostener la narrativa con verdadera fuerza.
