Miguel Ángel Buonarroti pintó la bóveda de la Capilla Sixtina por encargo del Papa Julio II entre 1508 y 1512 y Miklós Rózsa creó la Capilla Sixtina de la música de cine por encargo de William Wyler en 1959. Hoy es Viernes Santo y es obligado —se sea o no creyente— celebrar la existencia de la monumental obra maestra de la música de cine que es Ben-Hur (1959), la mejor y más importante película (y música) vinculada a este día tan señalado para la comunidad de gente cristiana.
La grandeza de Ben-Hur no reside únicamente en su condición de superproducción histórica o en su célebre carrera de cuadrigas, sino en la profundidad espiritual que atraviesa toda la obra y que la convierte en un referente especialmente significativo durante la celebración del Viernes Santo. Judah Ben-Hur es un judío que ama, pero que por una brutal injusticia pasa a vivir en un odio autodestructivo, antes de encontrar la redención en la fe. La música de Rózsa reflejó eso con absoluta perfección, en una obra de arquitectura sublime que eleva la película hacia una dimensión casi litúrgica. En un día como hoy la música de Rózsa resuena con especial intensidad y sigue siendo, tantas décadas después, una poderosa vía de conexión entre el arte y la vivencia religiosa, especialmente en fechas tan significativas como el Viernes Santo.
La música de cine no ha de ser solo escuchada sino vista, porque es así como se comprende el verdadero alcance en su aportación a la película y, en este caso, también al Séptimo Arte. Hace un tiempo pude explicarlo, mostrarlo y demostrarlo en estos tres vídeos que explican, muestran y demuestran que efectivamente la de Ben-Hur es la Capilla Sixtina de la música de cine. Creo humildemente que es la mejor contribución nunca hecha para la comprensión de la dramaturgia y narración de la música en esta inmensa obra maestra. Os invito a verla para que podáis ver un Ben-Hur en una dimensión más amplia, profunda y hermosa: