No son pocas las críticas que están apareciendo sobre Dead Man's Wire (2025), la nueva película de Gus Van Sant que se estrena hoy, que la comparan con el clásico Dog Day Afternoon (1975), de Sidney Lumet. Sin embargo, esa comparación resulta forzada: la cinta de Lumet —una obra extraordinaria— alcanza su intensidad precisamente por la decisión de prescindir por completo de música, un riesgo formal que Van Sant no asume aquí.
En su primera película en ocho años, Gus Van Sant parece haber querido evitar lo convencional; sin embargo, su planteamiento respecto a la música termina produciendo el efecto contrario, acercando la película a un terreno más estándar que personal. Tanto la música preexistente —con canciones de los años setenta— como la partitura original de Danny Elfman no acaban de integrarse en el relato: no fluyen de manera orgánica, sino que resultan impostadas, casi como si estuvieran ahí por obligación.
A ello se suma una evidente falta de un arco dramático coherente que acompañe el desarrollo tanto de la historia como del personaje principal. En ese contexto, la música no solo no aporta, sino que termina subrayando su propia innecesariedad. Pero es que Danny Elfman tampoco parece ayudar: a lo largo de la película se diría más interesado en la forma que en el fondo, más en el placer de componer que en contribuir a esclarecer qué está ocurriendo realmente en pantalla.
La opción de una música concebida desde lo puramente estético es, por supuesto, legítima —y el cine ofrece numerosos y notables ejemplos de ello—, pero cuando el resultado es un filme frío y apático, por momentos lento e incluso tedioso, surge inevitable la duda. Más aún si uno imagina lo que esta misma premisa podría haber sido en manos de Sidney Lumet —de seguir vivo—, o de cineastas como Brian De Palma o los Coen: una auténtica fiesta cinematográfica.
Quizá entonces haya que preguntarse si Gus Van Sant ha perdido pulso, y si Elfman está realmente donde debería. Desde luego, nada que ver con Lumet.