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EL ENEMIGO EN CASA

18/04/2019 | Por: Conrado Xalabarder

Cuando Erich Wolfgang Korngold dijo aquello de La inmortalidad de un compositor se pierde en el camino entre la sala de grabación y la de sonorización se refería, con seguridad, a que la música debe ceder y compartir espacio con los otros elementos sonoros de la película (los diálogos, el sonido y los efectos sonoros), en una competición sonora en la que el objetivo no es alcanzar la gloria personal sino la colectiva, la de la propia película. Algunos compositores lo entienden pero otros ciertamente no y, si pueden y lo logran, se parasitan al filme viéndolo más como un vehículo de lucimiento personal. Pero en no pocas ocasiones el compositor acaba por ser el gran damnificado por una mala gestión de esa competición sonora y, con ello, acaba perjudicada la propia película.

Es lo que sucede, y en un grado que no es menor, en el filme de animación Bikes, que se estrena hoy. Es una película que, como todas las de su género, ha costado muchísimo tiempo, muchísimo trabajo y seguramente muchísimo dinero también, todo ello para ponerlo en manos de un muy mal profesional que acaba arruinando artísticamente el resultado de tanto tiempo, trabajo y dinero. No es el compositor (Diego Montesinos, un valor emergente) sino la persona responsable de unas mezclas finales absolutamente espantosas, tal y como señalo en mi comentario que hoy he publicado. Un desastre hecho por alguien a quien lo único que le ha importado ha sido que prevalezca lo suyo. Miklós Rózsa se llevó las manos a la cabeza (creo recordar que en El Cid), cuando en pleno fragor de una batalla se quitó su música para que pudiera ser escuchado el clic de una espada que tanto les debió haber costado crear. No, no es una cuestión de hacer prevalecer un trabajo sobre el otro, sino de dar prioridad al que sea más necesario y útil en el momento. El clic de una espada o el sonido de la cadena de una bicicleta pueden ser formidables en algunos momentos, incluso más importantes que la música pero, ¿alguien se imagina que en el vuelo de E.T. Spielberg hubiera priorizado y puesto en primera línea el sonido de los pedales de la bicicleta y dejado la música muy por detrás, sin apenas ser percibida? Pues algo muy parecido es lo que sucede, en todo momento, en Bikes, pulverizando por completo cualquier esfuerzo de la música por ser narrativa, por meter al espectador en el filme (que de eso se trata), o por elevar y destacar unas escenas con respecto a otras.

Cuando las mezclas de sonido son el cementerio de magníficas ideas musicales y cinematográficas, entonces hay que preguntarse por qué se ha metido al enemigo en casa, y ese enemigo puede ser el mezclador pero también el montador, el productor, el director, los ejecutivos de la cadena, o por supuesto también el compositor: cualquiera que haya sido el saboteador o incompetente responsable de destruir la armonía que debe haber entre todos los elementos que hacen película o de anular la eficiencia dramática de alguno de esos elementos.

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