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ADULAR AL QUE ES IGNORANTE

15/06/2018 | Por: Conrado Xalabarder

La adulación (y el engaño que comporta) se ha convertido desgraciadamente en un método de supervivencia, en cualquier ámbito profesional y social. Lo vemos diariamente en las redes sociales, donde nada se cuestiona, nada se discute, nada se debate si quien está al otro lado maneja el mango de alguna sartén. Se observa en eventos como festivales y conciertos, donde no pocas personas felicitan efusivamente lo que íntimamente consideran ha sido lamentable, aunque luego algo les pida sincerarse en conversación privada. Es hipocresía y oportunismo, pero sin duda también prudencia.

Esta semana un compositor a quien tengo en alta consideración me ha explicado el muro infranqueable frente al que está chocando una y otra vez: un director que no atiende a sus razones y que quiere imponerle decisiones musicales que van en contra del sentido común y de lo que necesita la película. Pero es el director y el compositor es quien se supone debe obedecer. Da igual que el compositor razone como cineasta y le diga: este tema lleva media hora significando "esto", si lo colocas aquí pierde su sentido, no tiene ninguna lógica ni argumental ni dramática. ¡Si necesitas un tema igual de bonito te lo escribo! El director le contesta: yo lo veo bien. Lo pondré. Y luego, los resultados son los que son. Me explica el compositor que, dado que no forma un binomio con ese director, no han alcanzado ese grado de confianza que les permitiría tirarse los trastos en la discusión, así que hay que andar con pies de plomo porque si te pasas de la raya te ven problemático y puedes perder este y muchos trabajos. Así que además de componer, hay que saber adular. No es hipocresía ni oportunismo, tampoco sería del todo exacto llamarlo prudencia. Es supervivencia.

Lo que se discute con los compositores y sobre todo la manera en que se les trata no lo sufren directores de fotografía, montadores, sonidistas o creadores de efectos especiales, al menos en ese grado y con esa frecuencia. Para la mentalidad de algunos directores, el cámara, montadores o sonidistas forman parte intrínseca de la película, mientras que el compositor es una suerte de intruso al que se recurre porque no hay más remedio y al que hay que controlar no vaya a ser que estropee la película. Puede sonar exagerado, pero desgraciadamente es de lo más habitual. Y dado que en estos casos a los que me refiero el director no tiene un criterio basado en el conocimiento y el razonamiento (que sería lo deseable para tumbar con acierto las sugerencias del compositor) pues entonces el compositor debe intentar dialogar con un ignorante que nada sabe de música pero que se cree autorizado para dictaminar sobre ella. Como consecuencia, y porque es imposible meterle en la cabeza que ese acordeón no recuerda necesariamente a París, pues al final hay que ceder y tragarse muchos orgullos. Hay que sobrevivir en este medio y evitar que los muchos compositores dispuestos a desplegar su amplio abanico de adulaciones ocupen el sitio...

Y porque esto acaba siendo una jungla en la que los compositores emergentes son absolutamente infravalorados cuando no despreciados, no pocos acaban en el círculo vicioso del postureo, de la adulación a directores o a otros compositores, en hacer más carrera profesional en Facebook que en el cine, en hablar más de máquinas y de medios que de música. En mostrar más las plumas del pavo real que no la música que se hace con esas plumas... ¡y todo ello por gustar y quedar bien ante unos ignorantes! Pero parte de la culpa -se lo dije así al compositor- es de los propios compositores, porque no han sabido ni quizás querido hacer atractiva la música a los directores, no han sabido ni querido evitar que hablen de música y de emociones y sí de ideas dramáticas y conceptos. No les han sabido convencer de la fundamental aportación que tiene la música y que no pocos directores desconocen, porque ni eso les enseñan en las escuelas de cine

En verdad, tampoco hay tantos compositores que lo sepan y que les importe.

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