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JOHN MORRIS CREÓ MUNDOBSO

10/08/2018 | Por: Conrado Xalabarder

(REPOSICIÓN) Durante este mes de agosto, y salvo que suceda algún acontecimiento relevante, no habrá editoriales, y por ello repondremos algunos de la temporada 2017/18

Fue cuando ví The Elephant Man que salí del cine por vez primera impactado y conmocionado. No tanto por la película como por la música. Por aquél entonces yo era un adolescente y para mí película y música eran cosas diferentes, separadas: aún habría de recorrer mucho camino para entender que música es película, aquél fue el primer paso. Yo ya había visto muchas películas con bandas sonoras que me habían gustado, pero aquella no fue una más, pasé días pensando que había querido explicar algo, pero no sabía bien el qué. Así que volví a ver el filme. No una sino varias veces. Y descubrí algo que ni me imaginaba existía en las bandas sonoras de las películas: discurso. Esa música estaba contándome una historia, sobre el desdichado John Merrick, el hombre elefante. Pasé días dándole la tabarra a amigos en el colegio, tatareando la música, explicando mi descubrimiento. Creo que nadie sabía de qué estaba hablando, seguro que lo que yo explicaba debía ser ininteligible, incoherente, incomprensible, quizás una estupidez. Pero yo había descubierto algo.

Los siguientes meses, cuando veía películas, intentaba ir más allá de la emoción en la música... y lo cierto es que ví muchas cosas más allá de la emoción. ¡La música hablaba!. Entonces mi padre, que pacientemente había estado escuchando todos mis descubrimientos cuando regresaba a casa del cine, me trajo de regreso de Madrid dos LP: la banda sonora de The Elephant Man y la banda sonora de otra revelación, en este caso en una sala de reestreno: The Boys from Brazil. Ese día, creo, escuché ambas tres o cuatro veces, hasta que algún hermano me reclamó que no acaparara el tocadiscos. Yo no sabía quiénes eran John Morris o Jerry Goldsmith. Pero no había marcha atrás: quería saber más sobre ellos, sobre otros, y sobre todo lo que tuviera relación con la música que contaba cosas en las películas. Me pasé muchas horas en las bibliotecas o buscando entradas de compositores en la enciclopedia de casa. ¡De John Morris no encontré nada! Tampoco encontré nada de lo que yo buscaba realmente, ni en las librerías daban cuenta de libros que explicaran estas cosas. Mi madre entonces me recomendó acercarme a la Universidad de Historia, donde se impartía Historia del Cine, y preguntar ahí. Yo era un jovenzuelo de dieciséis o diecisiete años y me presenté en el despacho de un profesor, creo que al azar, que tuvo a bien atenderme. Y le expliqué que lo quería saber todo sobre la música en el cine. Le conté lo que había descubierto en The Elephant Man, creo que hasta se la debí explicar entera. Y le pregunté por libros sobre el tema. Me miró con una condescendencia que no he olvidado, se giró y de un estante cogió un libro y me lo enseñó:

Escucha, Conrado. La música en el cine no tiene ningún interés. No sacarás nada importante de ello. No le dediques tu tiempo. ¿Por qué no te compras mi libro sobre cine polaco (el que me estaba enseñando), que sí es un tema apasionante?

Me sentí absolutamente humillado e insultado. Yo era un jovenzuelo, pero no imbécil. Salí educadamente de su despacho y al llegar a casa me derrumbé. Mi madre, sabia mujer gallega, me dijo: "Búscalo por tu cuenta, investiga, examina, mira películas". Y a eso me dediqué, durante años, dedicando incontables horas en salas de cine -la Filmoteca y los cines de doble sesión fueron mi segundo hogar- y algo más adelante los VHS. Es probable que si ese profesor (cuyo desdichado nombre ni recuerdo) me hubiera dado libros a leer quizás me hubiera desinteresando del tema y hubiera dedicado mi vida a, qué se yo, la medicina forense. Pero esa humillación me hizo decidirme: "¿Cómo que no tiene ningún interés? Lo tiene para mi. Y mucho".

Desde ese momento he tenido por John Morris un afecto y agradecimiento absoluto. Mucho más a medida que descubrí el resto de su obra, y más también cuando gracias a ese primer impacto me abrió las puertas a otros muchos compositores. Murió el pasado jueves, la misma semana en que se han cumplido seis meses de la muerte de mi padre, Roberto. Una semana coincidente que ha unido al compositor que me abrió un mundo con el hombre que me trajo el LP de esa música que sería la primera de muchos miles de otras.

John Morris no fue un compositor con suerte. Bien al contrario, forma parte de ese grupo de grandiosos autores relegados al injusto olvido: tras una brillante trayectoria en los setenta y el éxito de The Elephant Man su carrera se hundió. Elmer Bernstein me dijo que todos daban por hecho que se llevaría el Oscar por la película de David Lynch, y Philippe Sarde -que estuvo nominado con él el mismo año- me comentó que tanto él como Williams y Corigliano le habían dicho lo mucho que les había gustado su música, y que merecía ganar. Pero no tuvo suerte, ni siquiera en esa película (ver el capítulo de Lecciones de Música de Cine, Arquitectura fallida), y lo que vino después fue una caída profesional -que no artística- en picado.

Soy nada mitómano, y aunque alguna vez pensé en buscar el modo de ponerme en contacto con él, nunca hice realmente el esfuerzo, lo que ahora lamento muchísimo, porque me hubiera gustado decirle que cambió mi vida, que lo primero que publiqué sobre música de cine (en la extinta revista valenciana Música de Cine) fue un artículo sobre él, que estuvo muy presente en mi libro Enciclopedia de las Bandas Sonoras, o que mi primera reseña de una banda sonora en Fotogramas fue The Elephant Man (no recuerdo cómo pude colocarla en el año 95 cuando no era actualidad ni nada, pero es lo que quise hacer como punto de partida)

Y me hubiera gustado mucho decirle que si MundoBSO existe es en realidad gracias a él. Porque yo podía haber acabado siendo médico forense y gracias a aquél impacto en la sala de cine he acabado haciendo autopsias pero de bandas sonoras. Podía haberme pasado con otro compositor, si. Pero me sucedió con él. Y le estaré eternamente agradecido. Eternamente agradecido.

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