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EL SEXO DE LA MÚSICA

21/04/2017 | Por: Conrado Xalabarder

Hace unos días alguien que está preparando un filme documental me pidió que le recomendara algunas compositoras porque quería incorporar el elemento femenino en su película y buscaba quien aportara una música con el elemento femenino incorporado.

Le di algunos nombres de compositoras, obviamente, pero le hice saber lo que es más que obvio: no es posible que una mujer compositora aporte música femenina porque sencillamente no existe música femenina, ni masculina, ni tampoco homosexual, heterosexual, bisexual... hay música escrita por hombres, por mujeres, por homosexuales, heterosexuales o bisexuales, por casados o divorciados, por ateos o católicos, pero la música que todos ellos pueden hacer es música buena o música mala, es música apta o música inadecuada... música, al fin y al cabo. ¿Música masculina? ¿cómo es? ¿y cómo suena la música heterosexual?

Quien me pidió esa recomendación se dio cuenta enseguida de la tontería que había dicho, y me recordó a aquél crítico que, hace bastantes años, me comentó que no le convenció la música de Gustavo Santaolalla para Brokeback Mountain (95) porque no refleja el amor gay. ¿Y cómo se refleja musicalmente el amor gay?, le pregunté, ¿acaso Santaolalla debió hacer variaciones de la canción In the Navy de los Village People? La sensibilidad está en la cabeza y no en los genitales de quienes escriben música, y lo mismo pasa con el talento (¡el talento genital, en todo caso, lo es para otros menesteres!) Por tanto, cualquiera puede hacer música dura, música suave, música triste o música alegre siempre y cuando esté capacitado/a para ello. Ni la condición femenina condiciona un tipo de música ni la masculina otro.

Esto que estoy comentando es lo suficientemente obvio como para dar por zanjado el editorial de esta semana y también para preguntarse por qué le dedico a esta obviedad el editorial semanal. Pues bien, porque extrañamente sucede que está bastante generalizada la visión de que una mujer compositora no puede asumir el tipo de música que hacen los hombres. Sucede a escala global, pero quienes más batalla están dando son las compositoras estadounidenses, agrupadas en un colectivo llamado Aliance for Women Film Composers, que también acoge a colegas de otras nacionalidades, y cuyo esfuerzo principal se encamina a hacerse visibles en un entorno donde domina la presencia masculina, pero también a luchar contra la desigualdad laboral, de oportunidades y económica. El próximo 7 de mayo tendá lugar en Los Ángeles un concierto con música de cine escrita por mujeres.

La desigualdad económica (a mismo trabajo, mismo salario) sabemos que aún es transversal y es universal, y no lo sufren solo las mujeres compositoras. Pero en este ámbito sí es -y muy generalizada- la desigualdad de oportunidades: el desconocimiento sobre lo que es la música, que trasciende el sexo y la condición sexual- hace que en la industria aún haya quienes crean que una mujer no puede ser autora de una vibrante música épica o de grandes fanfarrias (¡que escuchen a Shirley Walker o a Lolita Ritmanis!) y que su ámbito natural son las melodías suaves y cálidas, muy familiares y nada complicadas. No necesariamente es por machismo, sino por pura ignorancia, la de quienes cren que hay música femenina y música masculina, cuando lo único que hay es  buena y mala música. Pensar que a estas alturas las mujeres compositoras tengan que seguir enfrentándose a estos estúpidos prejuicios y arquetipos muestra y demuestra el largo camino que a todos aún nos queda por recorrer.

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