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FIMUCS II: CONTENIDO Y CONTINENTE

30/01/2023 | Por: Conrado Xalabarder
CRONICAS

Primera parte: Una gran aventura
Segunda parte: Contenido y continente
Tercera parte: El rincón de pensar (I)
Cuarta parte: El rincón de pensar (y II)
Editorial: El futuro de FIMUCS

  • Segunda parte: contenido y continente

Si uno va a un restaurante a degustar manjares y le sientan en una mesa tambaleante, con una silla incómoda, si es servido con desgana por el camarero y los platos y cubiertos son de plástico, pues es harto probable que le arruinen la experiencia gastronómica. La comida no dejará de ser exquisita, pero dificilmente querrá repetir en ese restaurante. El contenido (la comida) es importantísimo, pero no lo es menos el continente (dónde y cómo se come). Algo parecido sucedió el viernes 26 en el restaurante del Cartuja Center, donde se anunció un menú degustación de absoluta primera clase (concierto De gala con los Goya) pero que resultó servido de manera inaceptable. Como consecuencia, donde debían sonar ovaciones, esperadas y merecidas, se escucharon aplausos de cortesía de un público a quien no se trató con respeto y que se marchó cortés pero fríamente.

Hay responsables, pero no están entre ellos ni el programa musical, que en su casi totalidad fue estupendo caviar, ni tampoco la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS) ni su director, David Hernando Rico, que sirvieron el mejor champagne con entrega y profesionalidad, teniendo en cuenta que el día anterior habían ofrecido otro concierto, de gran intensidad.

Los platos eran casi todos excelentes y los músicos y director que los sirvieron fueron excelentes. ¿Qué falló?: una puesta en escena amateur, torpe y bochornosa.

Este concierto había sido anunciado como el evento que iba a dar el pistoletazo de salida a la gala de los premios Goya, a celebrar en un par de semanas en la propia Sevilla. El de gala que figura en el título del concierto deja claro que se ofertaba algo con clase, categoría y calidad. Un manjar. Al reclamo gastronómico asistió poca gente, apenas el 50% del aforo, algo que no puede reprocharse a la organización pues programar un concierto 100% español es una operación de riesgo, valiente, loable, y como arriesgada, brava y honorable debe ser aplaudida.

La cuestión es saber si un concierto así se ha organizado solo para homenajear a los compositores y complacer a los aficionados o también para seducir al público que en su abrumadora mayoría no conocen ni a los cocineros ni a sus platos estrella. A tenor de lo que sucedió, el público fue lo que menos importó en una gala que no se preparó pensando en ellos. Como consecuencia, a mi sentir dolorosa, más indiferencia y apatía que devoción y alegría.

El actor sevillano Antonio Dechent fue el maestro de ceremonias: el maître, ese que recibe a los comensales, los atiende durante el servicio y les explica con todo lujo de detalles lo que van a degustar para generar atracción, expectación, placer avanzado. Pues el maître Dechent fue como esos camareros que leen o recitan a toda velocidad lo que hay para comer y que obligan a pedir que repita por haber sido imposible retener lo dicho. Así fue: subió al escenario con unas cartulinas, leyó el menú en cada una de las dos partes sin quitar la vista de las cartulinas, sin mirar al público, sin mirar a la orquesta, sin leer más que generalidades y sin referenciar nada interesante (¿quién escribió sus textos?), todo deprisa y sin ganas. Lo peor es que cuando al volver a subir a escena lanzaba celebraciones tipo qué nivel más bueno tiene la música de cine en España (o algo parecido, no recuerdo), ¡lo estaba leyendo!!! O al menos lo parecía: su mirada siempre, a las cartulinas. Como no se le podía pedir que repitiera el menú, el público se quedó sin recordar qué iba a degustar.

Todo lo que va mal puede empeorar: algunas piezas fueron acompañadas con imágenes de las películas, y extrañamente otras no. Ninguna salvo una incluyó el título de la película y ninguna quién hizo la música. Por tanto, teniendo presente que gran parte de películas eran muy poco conocidas, la abrumadora mayoría del público no podía saber lo que sonaba ni quien lo firmaba. Estos montajes (algunos mejores, otros francamente peores) los hizo una empresa, Antaviana. Solo hubo una excepción, con el clip de Baby (20)... que no fue hecho por ellos sino con exquisitez por Aitor López de Aberásturi, vinculado a Bajo Ulloa. Fue el único clip que dialogó realmente con la música que se estaba tocando, y fue claramente hecho con amor.

Amor por esa película y por todas las que sonaron en el concierto lo tengo yo también: estoy seguro de ser la única persona en todo el auditorio que ha visto una y más veces todas las películas que sonaron y porque las he visto y conozco bien sé lo mucho que podía contarse de ellas al público para brindarles una experiencia inmersiva maravillosa y sobre todo útil. No había programa de mano (está bien ahorrar costes) y no soy partidario de los que se pueden leer en el movil porque eso haría que durante la celebración se vieran incontables pantallas encendidas. Se me escapa cómo no se le ocurrió a nadie insertar, bien sobre negro o incrustado en los clips, el título, póster, y el nombre del compositor. Y además en los clips cuatro frases (cuatro) que contextualizaran, que explicaran, que facilitaran la experiencia a la audiencia. Eso no estorbaría escuchar la música y por el contrario ayudaría a comprenderla mejor. ¡Alguien del público se preguntó si La sombra de la ley (18) era una película de gánsters de Chicago!! Un desmadre.

"Barcelona, 1921. Los violentos años del pistolerismo entre matones y sindicalistas. Un policía investiga un robo y se enfrenta a la corrupción"

Texto como ejemplo para insertar en el clip con imágenes. Pocas palabras que ayudan a entrar en contexto, a entender lo que cuenta la música, a valorarla más. ¿A nadie se le ocurrió? Llámenme extravagante, pero a mí es lo primero que se me ocurriría hacer en una gala de estas características donde, por sus características, nada hay más importante que el público. No hay que olvidar que es el público que asiste a los conciertos en festivales de música de cine quienes deciden la suerte de los propios festivales: desconozco la financiación de FIMUCS, pero en el concierto estuvo el alcalde de la ciudad que, como todos los cargos públicos que gestionan dineros públicos, van a estos eventos a escuchar más los aplausos que la música, y por tanto hay que procurar que esos aplausos den ganas de más y de mejor y de con más dinero.

Es probable y es plausible que hayan mediado complicaciones, incumplimientos, dejadeces y demás problemas generados por terceros. Todo lo que pueda hacer comprensible lo que sale mal no lo hace por ello justificable. Pero si el único interés de los organizadores ha sido satisfacer a los compositores invitados y a los aficionados, pues lo han conseguido porque, como he indicado al principio, el concierto en sí ha sido casi todo maravilloso: empezó flojo con un pupurri algo apático de cinco obras de Augusto Algueró (sin imágenes), músicas que en continuum perdían algo de fuelle. Siguió José Nieto con Carmen (03), una suite que por su densidad dramática llegó con las butacas aún frías. Quizás habría sido una buena idea haberla aplazado a un poco más tarde. Y quizás habría sido una muy buena idea no haber incluido el horroroso (por imposible) arreglo para orquesta de El buen patrón (21). Se podía haber programado otras obras más adecuadas de Zeltia Montes o dejarla tal y como era, burlesca, burda, vulgar, simplona, perfecta para un personaje burdo y vulgar como Javier Bardem pero que al pretender revestirla con un filtro de seriedad, de música para concierto, no solo perdió toda su gracia sino que resultó ser atrozmente sosa y aburrida.

El concierto de verdad comenzó con Manuel Riveiro y su espléndida La sombra de la ley, que antes he comentado. Riveiro llegó a FIMUCS como el gran desconocido y se ha marchado como el más reconocido. Yo lo he dicho de él desde que le conozco -hace muchos años-, tiene fuerza, tiene talento, inteligencia y gran sensibilidad. No se escogió para el concierto, pero de la misma película la canción Hasta el último suspiro, cantada por Ainhoa Arteta, es una maravilla. Ganó nuestros Premios MundoBSO a la mejor canción. Lo que se escuchó en el concierto fueron temas de alto voltaje dramático, espléndidos.

La segunda parte del concierto se inició con Arnau Bataller y su Mediterráneo (21), que pasó sin traumas de la orquesta de cámara a la sinfónica y que mantuvo vigente su esencia dramática y su canto a la dignidad. Siguió Baby, también antes referenciada, y tanto la ROSS como David Hernando supieron mantener el equilibrio en las luces y las sombras en la música de Koldo Uriarte y Bingen Mendizábal. Victor Reyes (no se sabe por qué) se quedó sin imágenes pero la proyección que hizo la orquesta de su música para En la ciudad sin límites (02) dejó meridianamente claro que este compositor es polifacético, elegante en lo dérmico y profundo en lo dramático.

Compromisos laborales impidieron asistir a Roque Baños en lo personal pero no en lo artístico: La piel del tambor (22) es a mi entender una película fallida, un Código Da Vinci en Sevilla que no funciona, pero que demuestra una vez más que en malas películas también pueden encontrarse buenas bandas sonoras, como es el caso de esta creación llena de vigor y fuerza, de la que se escuchó el tema principal.

Cerró Federico Jusid con dos platos, a cuál más sabroso, y ambos con ingredientes diferentes: en primer lugar El verano que vivimos (20), muy sentimental, edulcorado en lo justo, inevitablemente atractivo, deliciosamente folletinesco... ¡el cine, a veces, demanda esto, y hay que saber hacerlo bien!. En segundo lugar, Orígenes secretos (20), heroica y retorcida a partes iguales que forman un todo en una lucha musical sin cuartel que eleva la película a sus máximos.

Amo todas estas músicas, en lo que tienen de bueno y en lo que suman a la dramaturgia y narrativa del arte cinematográfico. Este concierto mereció una ovación en pie, larga, llena de Bravos! y que hiciera a David Hernando salir una y otra vez a saludar. No fue lo que sucedió y entiendo por qué no sucedió, lo lamento, me irrita y me duele. No es lo mismo poner Indiana Jones, que todo el mundo conoce y con la que todo el mundo interactúa, que músicas anónimas que, por torpeza, van seguir siendo anónimas. No para los compositores, no para los aficionados, no para la orquesta, pero sí para una buena parte del público al que, sencillamente, se ha desconsiderado.

Lo lamento mucho, muchísimo.

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